Todos los lunes y jueves en el corazón de la Plaza Redonda de Valencia un grupo de aficionados a la costura tradicional se reúne para aprender blonda valenciana. Desde las 10 hasta las 13 horas, la profesora Fina Ribera atiende a estos alumnos que, según nos confiesan, repiten cada curso para perfeccionar la técnica. Algunos acuden a estas clases desde hace ya 16 años, por lo que, más que una clase son una pequeña familia.

Pepe Martí se jubiló hace años y cambió su afición por el punto de cruz por esta técnica de aguja e hilo sobre tul. Nos enseña una de sus piezas más preciadas. Una colcha en la que ha invertido más de 1.000 horas. No está a la venta, comenta al preguntarle los curiosos cuando les muestra su obra maestra.

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Dos amigas extremeñas que han coincidido en Valencia comparten afición y recuerdos de su tierra. María Teresa Romo, de 24 años, la más joven del grupo, descubrió la Plaza Redonda en uno de sus paseos por la ciudad. Estudiante de Restauración de Bienes Culturales, vive en Valencia desde hace un año. A su lado, Loli Gómez que comenzó el curso en noviembre es su nueva mejor amiga de clase. Estas Navidades presumirá de piezas en la mesa de Navidad a su regreso a la Granja de Torrehermosa, en su Badajoz natal.

Lucinda Valero lleva 10 años acudiendo a estas clases en la Plaza Redonda de Valencia. Apasionada del bordado ha realizado una Virgen de los Desamparados que va a enmarcar para casa. Se la han querido comprar muchas veces, pero no puede ni quiere ponerle precio.

Encontramos en esta mesa a dos modistas valencianas de las de tota la vida. Mari Camen Valverde cose desde niña y hace una década borda tul en blonda valenciana. Ha hecho toda clase de elementos y por sus manos han pasado numerosos delantales, manteletas y mantillas para falleras clientas y hoy amigas. Las manos de Amparo Mateu denotan una elegancia que traslada a las piezas que borda. Su color, el tul negro. Su pieza, los abanicos. En esos momentos tiene algunos listos para regalar, así que en casa preparará las varas y completará este delicado trabajo.

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Los turistas las observan y más de uno les pregunta, fotografía y ofrece adquirir sus piezas. Los valencianos que descubren a este grupo de alumnos en la Plaza Redonda les felicitan, porque con esta sencilla la labor están manteniendo viva parte de la tradición de nuestra artesanía. Los apasionados de la indumentaria y más de una fallera, les buscan para realizar encargos a medida. Otros acuden en busca de la profesora para preguntarle si pueden unirse a esta clase donde no faltan tortas, empanadas y algún que bizcocho que, a modo de almuerzo, ocupan hasta el recreo, el centro de la mesa. Como en casa con sus costureros, sus dedales e hilos, pero en buena compañía. Y al final, nos dicen una de las satisfacciones, además de ver la pieza acabada, es hacer pandilla, compartir recuerdos bajo la atenta mirada de la pérgola de la Plaza Redonda e incorporar esta laboriosa tarea a su rutina diaria.

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