El Museo de la Seda acoge hasta el mes de agosto su tercera exposición temporal, la primera muestra donde la clave es el color y su aplicación en la seda valenciana, y no los tejidos, según las palabras del Presidente del Colegio del Arte Mayor de la Seda, Vicente Genovés,

Un homenaje a los tintoreros valencianos, ya que buena parte de la fama de la seda valenciana no se debió únicamente al material y las técnicas de confección, sino a todo el proceso en si mismo siendo el color uno de los artes fundamentales implicados.

La tinturas se hacían con productos naturales.
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Puestas en carta.

La tintura era un oficio y un conocimiento que perduró hasta bien entrado el siglo XIX y que fue quedando atrás por la industria química. Prueba irrefutable de su importancia la encontramos en el “Libro de ordenanzas de los tintoreros de la seda de Valencia”, el conocido como Códice de Tintoreros, que recoge como en 1506 se fundó el Gremio por privilegio del rey Fernando el Católico.

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Un tesoro bibliográfico en valenciano antiguo que, tras formar parte de los fondos de la Institución, se vendió años atrás y ahora se ha vuelto a recuperar para el archivo del Gremio. Ahora por primera vez puede verse expuesto en esta muestra al alcance de todos.

El mapa del color a través de trajes que son una joya

La exposición reúne puestas en carta, también llamadas “raquetas”, casullas, muestras de telas antiguas y actuales, entre otras muchas piezas de interés; destaca en el Salón de la Fama, con su espectacular pavimento obra de Vicente Navarro y que representa los cuatro continentes conocidos hasta el momento, la muestra de espolines singulares, todos cedidos temporalmente por coleccionistas privados.

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Algunas prendas son muestras antiguas y otras más próximas en el tiempo como demostración de que la seda siguen siendo un arte vivo en Valencia.

Unas piezas que conforman, según la Real Cédula de Carlos III de 1764 que contiene la Ordenanza con la que debían regirse los tintoreros, todo un mapa de los colores principales de las tintas: azul, encarnado o rojo, amarillo o verde.

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Colores que se obtenían por procedimientos naturales como la mezcla de hierba pastel, rubia común, salvado, cendra y añil para obtener el azul; la cochinilla fina y la flor de la granada para el rojo o una porción de zumaga, agalla y vitriola para obtener el negro.

Estos colores de los pigmentos tenían estrecha relación con las preferencias de los tonos latentes en el mundo de la pintura en frescos, libros o cerámicas. Sin ir más lejos, el propio pavimento del Salón de la Fama, del siglo XVIII, está pintado en azul, amarillo y verde.

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Resulta estimulante que estos trajes singulares, en su mayoría espolines, se van renovando a lo largo de la duración de la muestra hasta abarcar un total de 50. Además, el visitante con una única entrada podrá volver a visitar la muestra conforme los fondos se vayan cambiando.

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Entre todos ellos destaca una joya del coleccionismo, el traje original que vistió la Reina de la Belleza de la Exposición Regional de 1909, una pieza con más de cien años de antigüedad realizada en espolín y que mantiene su color prácticamente intacto.

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La exposición también recoge en la Capilla de San Jerónimo obras provenientes de la iglesia parroquial de El Pilar, la conocida parroquia de los sederos por estar en el barri de Velluters, con objetos e indumentaria litúrgica nunca expuestos al público.

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La muestra se completa con la publicación del libro “Los tintoreros de seda de Valencia”, del catedrático de historia y coordinador del Comité científico del Museo de la Seda, Germán Navarro Espinach.

 

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