“Este espolín que se lucirá en las Fallas de 2016, lo empecé en mayo y lo terminaré a finales de octubre.”

Su padre era uno de los empleados en las oficinas de la fábrica de Garín al que acompañó a su lugar de trabajo en una ocasión. Vente, me dijo, para que veas cómo se hace una tela de valenciana a mano. Éste sabía que, en cuanto observara a los tejedores, el joven Rafael iba a querer dedicarse a este oficio.

Durante ocho años no me dejaron tocar, sólo mirar, preguntar y escuchar cada una de las técnicas, no sólo para tejer, sino para mantener la maquinaria con la que hoy seguimos trabajando. Son piezas únicas con más de doscientos años de antigüedad y han de estar siempre perfectamente engrasadas. En aquellos años las mujeres eran las tejedoras, los hombres además sabíamos de mecánica. Precisión, casi de relojería, en un trabajo en cadena perfectamente sincronizado.

Así que, observó paciente las manos de aquellos que fueron primero sus profesores, después sus compañeros de trabajo. Cuando estuvo preparado le permitieron tejer su primera seda.

Han pasado 32 años de aquella universidad artesanal en la que aprendió a urdir, tejer, encañar. Hoy Rafael Martínez es uno de los cuatro operarios que quedan. En los tiempos de bonanza llegaron a ser 200 trabajadores, pero la crisis también pasó por esta fábrica de Moncada que mantiene la maquinaria de 1820 y por la que, aún hoy trabaja con la precisión de antaño la octava generación de tejedores manuales.

Este espolín que se lucirá en las Fallas de 2016, lo empecé en mayo y lo terminaré a finales de octubre. Aquí tengo planificado el proceso, es una chuleta en la que marco cada vuelta. Matemática pura.

El ritmo constante de trabajo, ocho horas frente al telar, permite adelantar un máximo de 20 de centímetros. Por ello, Rafael tiene que organizar meticulosamente todos los elementos necesarios a su alrededor. Una obra de precisión que, según nos cuenta, apenas ha cambiado con el paso de los años.

A mi lado, siempre a mano, cada uno de los espolines incluye su canilla de seda con el tono adecuado. Un dibujo que teje del revés con estas pequeñas barquitas o espolines, de ahí la procedencia de su nombre.

El modelo Valencia, en el que trabajaba en este momento de nuestra visita, tiene 42 colores diferentes.

Cada uno de los 8000 cartones que conforman el estampado o raport tendrá que repetirse hasta obtener los 13 metros de tela necesarios para un traje.

Con un pie arrastra todo el carrusel superior, mientras tanto sus manos saben qué colores ha de seleccionar y sus ojos, atentos, van dibujando este tapiz de seda como si fuese un pintor ante un lienzo único. Y así, como requiere el oficio artesanal, con cada modelo exclusivo que se vende acompañado de su etiqueta y certificado de autenticidad.

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