Que Valencia fue capital de la seda en el siglo XVIII es de todos conocido, pero no lo es tanto que a setenta quilómetros de la ciudad, existiera otro gran centro sedero, Requena. En la capital fronteriza entre Valencia y Castilla se confeccionaron durante décadas tafetanes, damascos y brocateles. En los últimos años una iniciativa privada ha recuperado el edificio  que el Gremio de Tejedores de la Seda compró en 1740.  Convertido en Casa Museo nos transporta a la Requena más desconocida y a la ruta más olvidada.

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No fue sencillo, Requena en apariencia lo tenía todo en su contra. Por su climatología jamás cultivo morera, por tanto tenía que importar la materia prima y tampoco tuvo una demanda interna importante de la preciada seda, ya que su población en general, alejada del ambiente cortesano, vestía habitualmente con la lana que proporcionaba su propio ganado.

¿Cómo llegó a ser el cuarto centro de producción de seda de España?

 La clave fue su ubicación. En el siglo XVIII Requena, perteneciente a la corona de Castilla hasta 1851, era una ciudad fronteriza por donde pasaban los tejidos y las materias primas desde el poderoso puerto de Valencia hasta las capitales comerciales de Valladolid o Sevilla, muchas veces de camino a Ultramar. Con el acceso a éstas y a los mercados algunos comerciantes requenenses se iniciaron en el floreciente negocio que enriquecía la costa de Levante.

Así en 1740 el influyente Gremio de Tejedores de la Seda compra la que actualmente es la Casa Museo de la Seda y que 275 años después conserva su estructura original. Una iniciativa privada dirigida por Juan Andrés García Vidal, que pretende que no se olvide  que  Requena llegó a tener casi 900 telares.

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El propio Juan Andrés Vidal explica a los visitantes los secretos de estas piezas históricas.

Una industria de tal perfección que se atrevía con tafetanes, terciopelos, rizos, felpas, damascos, brocateles, chamelotes, sargas, ormelíes, rayadillos, así como pañolones y mantos.

Después de una época de esplendor, los telares fueron cerrando a falta de reinversión económica y conversión industrial. El último sobrevivió hasta el año 1970, curiosamente porque se especializó en productos tan diversos como capotes de torero y paracaídas. El Museo de la Seda nos permite admirar, además, maquinaria y artilugios de esta última industria.

Finalmente los grandes empresarios sederos invirtieron sus ganancias en un nuevo producto agrícola emergente gracias a la crisis de la filoxera en Europa, el vino. Así fue como la seda “derivó” en vino y la ciudad pasó a ser la capital vitivinícola que conocemos en la actualidad.

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